jueves, 23 de abril de 2015

QUERER ES PODER DE JORGE A. JURADO RIOS

QUERER ES PODER
Hoy es veintitrés de abril y me pongo delante de un papel -electrónico, sí, pero papel al fin y al cabo- para contaros mi vida y algo que ha pasado en ella. Hoy es veintitrés de abril -sí, el día de mi santo y les doy las gracias a todos los que me han felicitado- y me pongo delante de un papel para contaros los sinsabores de la pasada Semana Santa, que ha dejado mucho y bueno. Ponerse delante de un papel en blanco es muy complicado porque no sabes lo que puede salir; y es que, como escribía Shakespeare en Romeo y Julieta: “no se si mi mano podrá expresar lo que mi corazón siente”

Hoy es veintitrés de abril pero hace tres semanas era Jueves Santo y, más o menos a esta hora, la Virgen de Zamarrilla paseaba por las calles de Málaga más bonita que nunca. Este año estaba bajo esos benditos varales con mi túnica colorá, disfrutando y sufriendo una oportunidad única en la vida. Hace tres semanas que acabó todo y parece que fue ayer.

Este Jueves Santo ha sido especial porque, en la particular soledad que vive el hombre de trono entre los kilos y el andar, no he podido parar de preguntarme cientos de cosas entre las que se encuentran estas cuestiones tan variopintas: ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? ¿Qué hago aquí? ¿Qué tengo que descubrir hoy? ¿Quiénes me dan la fuerza para continuar aquí abajo? Empezaba el Jueves Santo con muchas preguntas pero, mientras caminaba con la Virgen de la Amargura, estas aumentaban y no le encontraba significado alguno a lo que pasaba.

Mientras voy en el trono, acostumbro a llevar en mi mente y el corazón a las personas importantes de mi vida y pedir por ellas para lo bueno y para lo malo, para el trabajo, para la salud y para su vida. En ese continuo dialogar, mientras pasan las ocho o nueve horas más bonitas del año, me daba cuenta de lo complicado que es encontrar respuestas a las preguntas tan personales y directas que me estaban martilleando la cabeza.

No se pueden explicar con palabras los sentimientos que podían aflorar en el varal. Sólo recuerdo que mientras más caían los kilos de la Amargura, más me acordaba de las personas que conozco. No podía sacar de mi cabeza a aquellas personas a las que el Cristo de los Milagros había ayudado a sanar de una enfermedad, a encontrar trabajo o a aprobar una carrera. Me acordaba de las personas a las que quiero y pedía que no me abandonaran. Me acordaba de las sonrisas y de los abrazos de toda la gente que he tenido a mi vera durante toda la vida. Me acordaba de mi particular Amargura y del Milagro que siempre ha acompañado mi vida. Más me acordaba e imaginaba muchas cosas, pero no pudo ser.

No pudo ser porque me equivoqué. No pudo ser porque, por más ilusión que le ponía, no supe controlarme la fuerza. No pudo ser, la Amargura me hundió por mi exceso de fuerza y de ilusión, además de por mis ganas de cargar lo que otras personas no querían cargar con la naturalidad que yo deseaba hacerlo. No pudo ser, la Amargura me hundió por querer que el Milagro llegara antes.

Si, la Amargura me hundió. Pero dicen que la fe mueve montañas y que querer es poder; yo creo que el Jueves Santo se movió una cordillera entera, pero me di cuenta que por mucho que quieras, a veces no puedes. Yo quería, pero el varal no estaba bien abrazado como para levantarlo todo el recorrido. Yo quería, pero el varal apenas se levantó para volver a arrastrar patas a los pocos segundos. Yo quería, pero no podía. Yo quería tanto que fallé.


Por eso, tres semanas después del Jueves Santo, le prometo a la Amargura que quería, que quiero y querré levantar el varal con un Milagro. Le prometo que, sea el peso que sea, estaré ahí para levantarlo y abrazarme a él el tiempo que sea necesario, no la abandonaré. Me he dado cuenta que ya no se vivir sin el tierno abrazo al varal de la Amargura o sin el icónico “hola y adiós” de pasar por la puerta de la Ermita cada día de mi vida. Querer es poder.

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